Ante el aparente despertar de un Partido Popular no siempre alineado con la España que dice representar, el PSOE respondió recientemente con lo que mejor se les da: vender relato. Tras marcar los primeros el paso mediante un vídeo mínimamente lacrimógeno y coherente, los segundos cargaron sin reparo, poniendo toda la macro en el asador: cifras, crecimientos y multiplicaciones que harían envidiar a los líderes de los treinta gloriosos. Si esa es la España actualmente existente, no estoy en ella. El PIB no le importa a nadie, y además es una medida terrible, hasta que sirve para mis argumentos.
A la Comisión Europea le puede dar igual cómo viven los de La Palma, qué ha pasado con Paiporta o si se volverán a repetir el apagón o la catástrofe de Adamuz, con tal de que cuadres Excels y sigas apoyando su liderazgo. A los españoles, sin embargo, sí debería importarles, y les importa, y a ellos va dedicada esta entrega.
En la gestión económica del país en años recientes hay buenas noticias (pocas), malas noticias (cada vez más) y noticias mediocres que un buen asesor nos intenta vender como únicas en la historia. Como en la honestidad nos lo jugamos todo, especialmente nuestro futuro, no hay que comprar el relato empaquetado del Gobierno, pero tampoco hay que ocultar que ha habido algunos cambios que hacía tiempo que se debieran haber implementado (cambios que, en parte, han revertido malas decisiones políticas del PSOE en el pasado).
Tras ocho años de Gobierno de Sánchez, Moncloa resume su balance en una batería de cifras: 22,4 millones de afiliados, un 27% menos de parados, un salario mínimo un 66% más alto y pensiones un 46% más elevadas. Y, sin embargo, buena parte del país no lo siente así.
¿Por qué tanto pesimismo sobre el trabajo si las cifras que da el Gobierno son aparentemente tan positivas? Esa es la pregunta a la que se intentará responder aquí. Un Gobierno protrabajo debe reforzar las buenas direcciones sin desatender las múltiples y visibles señales de alarma.
I. La Seguridad Social somos todos
Cifras del Gobierno: 22,44M de afiliados a la Seguridad Social (+3,5M), 2,38M de parados (-27%), contratos indefinidos del 10% al 44% (x4,4).
La primera respuesta a la pregunta introductoria es que las cifras del ministerio de la verdad miden cuántos trabajan, no si trabajar compensa.
En general, que crezca el empleo en una etapa de expansión es casi tautológico. Deberíamos ser más cautos en dar excesivo crédito a los gobiernos cuando se da esta tendencia, pero también ser más comprensivos cuando en época de recesión cae el empleo (a menos que la expansión o la recesión se pueda achacar claramente a las acciones de ese gobierno, lo cual no es el caso). Si no, los palmeros tendrían que haber aplaudido el crecimiento de la afiliación durante la etapa Rajoy como lo hacen hoy en la etapa Sánchez.
Además, se da un efecto mecánico derivado del shock demográfico proveniente de la inmigración, especialmente porque los extranjeros son más jóvenes en promedio que los nacionales, y de algo tienen que vivir. Más personas suponen mayores necesidades, mayor consumo en el corto plazo y mayor empleo, pero no nos dicen nada sobre la distribución de los nuevos empleos, su calidad o su productividad. Por tanto, se ha dado una priorización consciente del crecimiento extensivo, no intensivo.
Esto último se aprecia claramente en las tasas de actividad y paro. Respecto a la primera, la tasa de actividad de los españoles no tiene pinta de mejorar. Los jóvenes cada vez aplazan más su entrada al mercado laboral (por precariedad, por la necesidad de estudiar más para llegar al mismo sitio, etc.), mientras los de edad media y mayores apenas incrementan sus tasas. Más aún, medidas como el subsidio para mayores de 52 años no ayudan a que los mayores dejen de salir en masa del mercado laboral.
En relación con la segunda, si bien el paro se ha reducido (por cierto, con Rajoy cayó en 10 puntos porcentuales en cinco años, con Sánchez 5 puntos adicionales en ocho años, para los que gustan de dar cifras sin contextualizar el entorno macroeconómico), aún se encuentra en el entorno del 10% en el segundo trimestre de 2026. Que en una época de expansión económica internacional el desempleo continúe estando en niveles que en 2008-2010 en Estados Unidos supusieron una gran conmoción nacional dice mucho sobre la necesidad de reformas adicionales del mercado laboral español.
A esto se suma un problema de medición. La reforma laboral de Yolanda Díaz convirtió el contrato fijo discontinuo en el gran sustituto de la temporalidad. Quien tiene uno de estos contratos y está en un periodo sin actividad no figura como parado registrado, aunque no trabaje y esté buscando empleo. Para la estadística oficial es un trabajador indefinido más. Si a los parados registrados se suman los fijos discontinuos inactivos que buscan empleo, se obtiene una cifra más honesta: el paro efectivo. Y el paro efectivo apenas ha bajado desde 2018, cuando Sánchez llegó a Moncloa. Buena parte de la caída que celebra el Gobierno es paro reclasificado.
Más aún, la cifra agregada oculta la incapacidad del mercado español para mejorar consistentemente el margen intensivo de trabajo (horas, jornadas parciales, absentismo creciente), así como el persistente estancamiento de la productividad. Menos horas en sí no tendrían por qué ser negativas —todos queremos tener más tiempo libre—, pero lo son cuando no vienen acompañadas de mejoras salariales por hora significativas y, por tanto, de mayor productividad.
Dos personas trabajando a jornada parcial son dos afiliaciones, aunque hagan el trabajo que haría una persona a tiempo completo. Esta segunda tendría, probablemente, mejores condiciones laborales, mayor estabilidad y mayor proyección profesional (incentivos a formación, antigüedad, etc.), pero sólo contaría una vez. Asimismo, la parcialidad continúa siendo altamente involuntaria (más de 4 de cada 10 contratados parciales querrían trabajar a jornada completa). También se incrementa fuertemente la parcialidad por cuidados (otro punto ciego del mercado laboral).
En cuanto al absentismo laboral, entre 2018 y 2026 se duplica el número de personas ausentes de su empleo en una semana de referencia, rozando los dos millones de personas, especialmente por enfermedad o incapacidad temporal. Esto puede apuntar en diversas direcciones, como el envejecimiento de la fuerza laboral, pero también a problemas más serios de salud mental e insatisfacción general. Una vez más, las cifras agregadas ocultan un panorama más matizable.
La reforma laboral, por su parte, trató de abordar con buen criterio algunos aspectos de la calidad del empleo, como la tendencia a la contratación temporal. Si bien esto se ha conseguido a golpe de regulación, sus efectos secundarios ya son visibles. Algunos sectores han mantenido elevada su contratación temporal, como los sospechosos habituales relacionados con el sector público. Otros han traspasado parte de la temporalidad a la contratación fija discontinua, e incluso a contrataciones indefinidas de menor duración (se corta más habitualmente la relación contractual en el periodo de prueba). Si bien este cambio normativo ha podido proteger más a algunos trabajadores, no ha garantizado necesariamente una mayor estabilidad para la mayoría.
II. Calidad del empleo, expectativas y realidad
Cifras del Gobierno: SMI de 735,9€ en 2018 a 1.221€ en 2026 (+66%), salario medio anual de 24.009€ en 2018 a 29.540€ en 2026 (+23%).
Tener un empleo puede ayudarte a sacar la cabeza del agua, pero no te garantiza no acabar ahogándote. Es aquí donde se juega buena parte del malestar de los españoles. Muchos sienten que están haciendo su parte, pero la recompensa nunca llega.
El Gobierno ha priorizado estos años mejorar a algunos, mientras la inflación, el constante lastre de la baja productividad y la subida de cotizaciones o impuestos empeoraba notablemente a la mayoría. La generación de los trabajadores pobres ya está aquí para quedarse: una trampa de la pobreza impresa en el BOE.
Se saca pecho sobre el incremento del salario medio anual, pero esa cifra responde a una pregunta equivocada. La media se deja arrastrar por los sueldos más altos y no describe lo que cobra el trabajador mediano, y al ser anual mezcla dos cosas distintas: cuánto se paga cada hora y cuántos días se trabaja al año. Con menor temporalidad, el salario anual sube, aunque nadie cobre más por su trabajo. La pregunta relevante es otra: ¿cobra hoy más el trabajador que está en el medio de la distribución, a igualdad de jornada, una vez descontada la inflación? Si bien no hay buenos datos abiertos en España para estudiarlo, se pueden hacer algunas aproximaciones razonables, por ejemplo, a través de las bases de cotización a la Seguridad Social.
La respuesta es que no: entre 2018 y 2024 el salario mediano a jornada completa subió un 19,3% en nominal, prácticamente lo mismo que los precios. Seis años después, el trabajador típico cobra en términos reales lo mismo que en 2018, mientras la cesta de la compra es cada vez más prohibitiva, la vida de clase media se escapa para los trabajadores aspirantes y se erosiona para las viejas clases medias.
Con el consumo ocurre lo mismo. El consumo agregado crece, en buena parte porque hay más hogares. El gasto real por hogar, en cambio, no recuperó el nivel de 2018 hasta 2024, según la Encuesta de Presupuestos Familiares. Y lo recuperó con otra cesta. En 2024, el hogar medio gastaba en términos reales un 6% menos en alimentación que en 2018, un 10% menos en ropa y un 8% menos en restaurantes y hoteles. A cambio, gastaba un 9% más en vivienda y suministros y un 25% más en sanidad. Las familias recortan en la compra para pagar el alquiler y la luz, y pagan de su bolsillo la sanidad que la pública ya no presta a tiempo.
Respecto al salario mínimo se ha seguido un camino claro, pero probablemente sin un plan claro que mire a todo el mercado. Sobre salarios mínimos hay, probablemente, dos modelos a emular. Por un lado, se puede eliminar y fomentar un mercado laboral de alta competitividad que ofrezca al mismo tiempo bajo desempleo, alta protección ante el despido y elevado dinamismo. Se asume que hay que quitar barreras de entrada a cambio de la confianza de que pocos lo necesitarían. Es el modelo danés. No es el modelo del empresaurio español.
Por otro lado, se puede mantener un salario mínimo elevado y poner las condiciones necesarias para que exista un mercado laboral dinámico al que, en verdad, le dé igual dónde esté el mínimo, porque su productividad permite pagar salarios superiores.
La vía elegida por los distintos gobiernos españoles no es ninguna de las anteriores. La derecha mantuvo durante demasiado tiempo un salario mínimo excesivamente bajo sin garantizar las otras condiciones que potenciarían un mayor dinamismo. Un salario mínimo demasiado bajo pudo haber mantenido a flote a demasiadas malas empresas, especialmente pequeñas, desincentivado las inversiones en tecnología y aplazado el cambio productivo (mala asignación de capital físico y humano). La izquierda ha probado a subir el salario mínimo sin abordar el fondo de la cuestión: que el trabajo no es suficientemente productivo en España, lo cual no equivale a decir que los trabajadores sean malos o no valgan para nada, sino que la estructura de las empresas, la escasez de capital y otros factores son una losa sobre la productividad laboral.
Los efectos de las subidas del salario mínimo han sido extensamente estudiados en años recientes. La ausencia de grandes impactos negativos, como se auguraba, radica, probablemente, en que en realidad las empresas podían pagar mayores salarios. En un mercado de alto desempleo las empresas han tenido la sartén por el mango durante mucho tiempo, quedándose con las (nimias) subidas de productividad. El incremento migratorio patrocinado por el Gobierno de Sánchez hubiera empeorado este equilibrio.
Y, sin embargo, la inmensa mayoría de españoles tienen razones para estar enfadados, porque la mayoría de españoles no se encuentran en el salario mínimo, y sus intereses también deberían importar. Hay tres principales motivos para el descontento:
Compresión salarial: subir el salario mínimo puede ser popular entre la mayoría de la población, pero cuando ves que pasan los años y cada vez estás más cerca del SMI, te cuestionas qué estás haciendo y si vas a acabar siendo pobre por decreto. Si tienes un empleo más o menos cualificado, estar cada vez más cerca del salario de empleos no cualificados debería generarte ciertas dudas. Tocar el salario mínimo sin atender a la negociación colectiva es pan para hoy (para algunos) y hambre para hoy (para otros).
Inflación: allí donde sí han crecido los salarios el aumento se ha esfumado en la imparable evolución de precios. Además, los precios están especialmente desbocados en aquellas partidas que más duelen, como la vivienda, los alimentos o el combustible. Esto se ha comido el ahorro; ha fomentado el consumo, que ha alimentado el discurso del Gobierno, pero que no tiene por qué ser sostenible a largo plazo, y ha generado una situación de correr para quedarse en el mismo sitio.
Cotizaciones e impuestos: las mayorías electorales del Gobierno no se pagan solas, hay que sufragarlas. La no indexación de los tramos de IRPF a la inflación, el aumento progresivo de cotizaciones sociales y otros impuestos silenciosos han contribuido a erosionar el poder de compra de los españoles.
En suma, se ha dado un paso adelante, pero se ha retrocedido dos pasos después.
III. El Gobierno de la desigualdad intergeneracional
Cifras del Gobierno: permiso de paternidad de 5 a 17+2 semanas (x3,8), presupuesto de becas de 1.399M€ a 2.559M€ (+83%), pensión media de 1.083€ a 1.576€ (+46%), inversión en vivienda pública de 474M€ a 3.477M€, hogares con cobertura de fibra de 49% a 96%, niños de 0 a 3 años escolarizados de 38,4% a 55,8%.
Algunos de los anuncios más grandilocuentes del Gobierno provienen de su progresista y avanzada política social, básicamente consistente en quitar a los minoritarios para contentar a los (electoralmente) mayoritarios. Es un hecho que el grueso del esfuerzo público ha ido a quienes ya estaban dentro, mientras los de fuera (jóvenes, nuevas familias, trabajadores pobres) siguen esperando.
No se hará aquí una descripción extensa del destrozo para el bienestar del país a largo plazo que ha supuesto la nefasta reforma Escrivá del sistema de pensiones. Quien se ha querido enterar ya se ha enterado. Al susodicho que le aproveche su puesto soñado. El coste de oportunidad de esta política ha sido inmenso e irá incrementándose. Cada euro que se ha decidido invertir en el colectivo cuya renta gubernamental e inmobiliaria más aumenta es un euro menos invertido en hospitales congestionados, transportes dignos de Harare y, sobre todo, nuevas generaciones asfixiadas. Vanagloriarse de haber subido las pensiones en chorrocientos millones mientras medio país te pide auxilio es como presumir de nuevo coche eléctrico cuando tus hijos van descalzos; el medio ambiente te lo agradecerá, pero tus hijos tal vez te acaben metiendo en un asilo.
Respecto a la política social, la mayoría de las medidas han consistido en cargarse sistemas funcionales —como el educativo, el de vivienda, la familia— y sustituirlos por sucedáneos en forma de dádivas monetarias insuficientes, arbitrarias y más efectivas en el papel que en la práctica. Una renta mínima como el IMV puede ser una buena red de seguridad temporal para los más desafortunados, pero puede resultar algo más siniestro cuando no la consigue quien la necesita más, sino quien menos dispuesto está a dejar de utilizarla. Más becas son estupendas, pero son un engaño cuando has degradado el sistema educativo hasta límites extraordinarios: tendrás analfabetos semifinanciados. Escolarizar a los niños antes podría ser maravilloso si permitiera una buena conciliación, pero la congestión de la capacidad estatal es una vez más una barrera para la mayoría de hogares. El que quiera ayuda que la pida, que ya se le dará cuando el niño haga la primera comunión. Vender el aumento en política de vivienda como un éxito es directamente insultante. Dadas las circunstancias, multiplicar 0€ por 1.000 sigue arrojando 0€.
Una de las pocas medidas positivas y perdurables dejadas atrás por el Gobierno de Sánchez será el aumento de los permisos de paternidad, algo evidente en una época de natalidad hundida. No obstante, su énfasis en destruir el mercado de vivienda e impedir activamente que los salarios de las nuevas generaciones aumenten han eliminado cualquier posibilidad de fomentar la fertilidad que pudiera derivarse de mejores permisos. Básicamente, esta medida estrella se ha visto reducida a ayudar a familias acomodadas sin permitir que nuevas parejas den el paso más importante de sus vidas. Una vez más, ayudar a los de dentro, olvidar a los de fuera.
IV. El cambio productivo de Schrödinger
Cifras del Gobierno: renta agraria de 28.755M€ en 2018 a 36.760M€ en 2026 (+28%), exportaciones agroalimentarias de 48.000M€ a 76.858M€ (+60%), médicos de 260.588 a 310.558 (+50.000), turistas internacionales de 82M a 97M (+15M).
Durante años no ha habido remilgos en insultar a España por estulticia intelectual, hablando de un país de camareros. Hoy, de pronto, el añorado cambio productivo ya no es tan urgente; es más, hay que olvidarlo, mira, yo te explico.
Cada país ha de aprovechar sus ventajas comparativas, y es evidente que España es un destino turístico espectacular. Pero los 97 millones de turistas han venido a visitar España, no al Gobierno. España ya estaba ahí y gustaba antes de que el PSOE existiera. Por otro lado, lo que debiéramos debatir es cómo casa este optimismo sobre la llegada de turistas con el populismo residencial, el auge de los Airbnbs y la congestión en las ciudades. ¿Estamos a favor o en contra? ¿Dónde está el límite? The sky is the limit.
Sobre el tema agrícola, conviene mirar el dato con lupa. Como con los salarios, un incremento nominal del 28% en un periodo de inflación creciente ha supuesto un aumento del 6% en seis años, apenas un 1% anual. Del mismo modo, incrementar las exportaciones agroalimentarias en un contexto de shock de precios no es la buena política a largo plazo que podría parecer. Las sequías no se pueden aprobar en consejos de ministros. Aunque pueda parecer imposible, los precios también bajan algunas veces, y la factura se paga entonces. Mientras el coste del gasóleo y otros insumos se come el posible margen productivo —no es poco habitual leer noticias sobre agricultores y ganaderos que tiran la toalla, económica o vitalmente—, además, perdemos la oportunidad de invertir en un modelo un poco diferente. El enfoque gubernamental obvia cómo producimos. ¿Es buena política fiar el futuro crecimiento de un sector a la constante llegada de mano de obra poco cualificada y precios internacionales elevados? ¿Qué haremos con esas personas si el sector gripa o si otros países nos comen la tostada?
Por último, y como colofón a un repaso que me deja exhausto por pura desesperanza, mucho ánimo vendiendo a la ciudadanía que has aumentado la plantilla médica (pero esto de quién depende) cuando la población crece mucho más rápido, envejece a marchas forzadas y la congestión te impide conseguir una cita. Vuelva usted en febrero.
V. Mensajes finales
Para concluir, el vídeo del Gobierno dejó algunas cifras en el tintero. 853.509 personas esperan una operación quirúrgica, un récord histórico. Los jóvenes españoles se emancipan de media a los 30 años, cuatro años más tarde que el europeo medio. Uno de cada cuatro menores de 25 años que busca trabajo no lo encuentra, la peor tasa de la Unión Europea. Los retrasos en los trenes se triplican desde 2019 y acumulan 1,2 millones de minutos en 2025. Y la fecundidad ha caído a 1,10 hijos por mujer, mínimo histórico, frente a 1,26 en 2018. El alquiler alcanzó en julio de 2026 un máximo histórico de 15,3 €/m², según Idealista. 2,8 millones de personas sobreviven a través del IMV. El alumnado español se sitúa medio año escolar por detrás de la media de la OCDE, según los resultados PISA. Ninguna de estas cifras cabe en un vídeo triunfal, pero todas tienen algo en común: las sufren los de fuera. Por supuesto que sentimos la macro. Podemos casi llega al gobierno diciendo que la pelea se daba entre los de arriba y los de abajo. Hoy está más claro que nunca que el verdadero malestar se da entre los de dentro y los de fuera. Y ganan los de dentro, por goleada.
Este artículo ha sido escrito por Malraux. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.
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