Sobre el trabajo
El trabajo no era esto, o crítica de cómo ganarse el pan sin perder el alma
La vida ha supuesto a lo largo de buena parte de la historia lo mismo para un habitante de la Kampuchea que para un paisano de Alcolea. Distintos señores, distintos aperos; la misma sentencia: ganarás el pan con el sudor de tu frente. En esto consiste el trágico juego, este es el destino ineludible, laborar para no morir, labrar cual labriego para sacar adelante a uno y a quienes dependen de uno, cazar o ser devorado por la marea indiferente del tiempo. No había ahí filosofía posible, ni romanticismo, debate o ideología, sólo hambre, y el temor a una mala cosecha, un atroz invierno, una contribución injusta. En términos más poéticos, que muchos prefieren: fuimos arrojados a este valle de lágrimas donde no hay nada nuevo bajo el sol, y el precio a pagar es agachar el espinazo y luchar para que los siguientes dispongan de algo más.
Por suerte para nosotros —ya basta de embellecer los delirios vacuos de donde incluso los más empecinados intentaron escapar— la evolución no se detuvo ahí. Tras muchas vueltas y retornos, y no pocos saltos al vacío, las ideas, las máquinas y los músculos fueron desligando la labor de la pura supervivencia animal, de la rueda implacable de lo eternamente producido y consumido. Trabajar dejó de ser sólo no morir: empezó a ser poder creer en una mejor vida, mañana, para los siguientes, pero sobre todo aquí, y no después; luego poder pelear por ella, morir por ella, llegado el caso; después vivir como siempre, si bien un poco mejor, y luego de otra manera, extendiendo lo posible, haciéndolo costumbre; por último —aquí empieza el problema—, ser alguien. En definitiva, el trabajo fue incorporando dimensiones de bienestar, de posición y de sentido que las generaciones anteriores apenas soñaban, ocupadas como estaban en que algún hijo llegara a edad adulta. La corriente de la historia sólo parecía remar en una dirección, impertérrita e inevitable, a nuestro favor, y no había nada que pudiéramos hacer para detener su vigor. De todas formas, quién querría hacerlo, quién preferiría un campo al sol y su tierra quemada a un laptop job con aire acondicionado. Y, sin embargo, todos, muchos, sentimos que algo no ha ido bien del todo.
Esta es la cuestión alrededor de la cual ronda el presente artículo. Y adelanto la respuesta para que nadie se llame a engaño: el valor que se le ha otorgado al trabajo en España no es una ley natural ni un destino histórico; es una construcción contingente, levantada en circunstancias muy concretas que ya no son las nuestras. No obstante, lo que se erigió una vez por manos más desnudas que las nuestras puede reconstruirse para que vuelva a significar algo real. No hablaré aquí de abolir el trabajo, como sueñan los acomodados que nunca han trabajado, ni de sacralizarlo, como añoran los déspotas ilustrados de nuestra época, sino de que vuelva a hacer lo que hizo en sus mejores momentos: convertir el esfuerzo de cada generación en bienestar para la misma y oportunidades de progreso para las venideras. Hoy ya no lo hace. Y mientras no lo haga, todo lo demás —los sermones sobre la cultura del esfuerzo, la conciencia de clase, las jornadas de cuatro días— es hablar del sexo de los ángeles sin preguntar si alguien sigue creyendo en ellos.
I. Ni Hegel ni Weber, derivaciones sobre El Quijote
Antes de responder la cuestión, hay que despejar el terreno de dos tentaciones. La primera es la inevitabilidad histórica: la idea de que el trabajo vale hoy lo que así dicta el sentido de la Historia, un espíritu guiado por su propio impulso que nadie puso en marcha y nadie puede detener. Si queremos entender algo, conviene dejar de creer en esta flecha; ya somos mayores para ser hegelianos. Las cosas pudieron ser de otra manera, fueron de otra manera en otros sitios, y serán de otra manera mañana si nos molestamos en reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí.
Y es que la transmutación del trabajo en algo diferente, algo nuevo, no es una conspiración orquestada en la penumbra, ni un plan detallado desde el principio, sino el resultado del sistema económico-político más subversivo de lo que ningún revolucionario lo será jamás, incentivos complejos poco comprendidos, trabajadores divididos, cansados, algunos e imbuidos de ideologías utópicas, otros, gobiernos incapaces de no fastidiar el cumpleaños, siempre a la zaga de los cambios históricos, y profesionales de la rapiña y la sofística, dispuestos a desarrollar las teorías que más desborden sus platos calientes.
La segunda tentación es más fina y por eso más peligrosa para el caso español que nos atañe: la de afiliarnos a Max Weber y su ética protestante. Según esta versión, tan manida y discutida hasta el hartazgo, algunos países prosperaron porque su religión santificaba el trabajo y el ahorro, mientras que otros, entre la misa y la siesta, quedaron condenada al atraso. Es una explicación elegante, muchas lo son, pero no deja de ser un apunte a pie de página de Hegel con aires menos mesiánicos: el mismo determinismo, ahora subido a lomos de lo confesional. No: ser el imperio católico no determinó que el valor del trabajo en España sea el que es. Como cualquier corpus de ideas, el catolicismo permitió unos desarrollos y dificultó otros, pero no determinó que hoy se cobre en cacahuetes. Los mismos vascos y catalanes que oían misa los domingos levantaron altos hornos e hilaturas, con ayuda (obligada) de los labriegos agachados del resto de la península; los mismos irlandeses e italianos católicos que emigraban con lo puesto acabaron ascendiendo en América. El contexto importa, los incentivos pueden trasladarse.
A este hilo, lo que sí ha habido en España —y esto importa porque es mecánica económica, no esencialismo racionalista— es un círculo vicioso perfectamente laico: la pobreza engendra necesidad; la necesidad permite que sobrevivan sectores poco productivos, que pagan poco porque producen poco; y esos sectores necesitan a su vez un ejército de desheredados dispuestos a laborar por un cuenco de arroz, o una bota de vino, lo mismo da. Las buenas ideas caen en el vacío, los intrépidos se desaniman ante el evidente dominio de los aprovechados. La excelencia se puede mantener en un arte y una cultura envidiables, mientras el resto de cosechas no dan más que polvo. El equilibrio se retroalimenta y puede durar siglos, duró siglos. En él, esforzarse renta poco, recompensa y esfuerzo no están unidos, y buscarse la vida ocupa las veintiocho horas del día.
Como en tantos otros ámbitos, no son los historiadores quienes mejor han delineado este surco en la historia, sino los literatos. La picaresca no es un retrato del alma española, como quisieron los del 98; es un epifenómeno de ese equilibrio mediocre. El Lazarillo no es un pecador irremediable, es un superviviente práctico: en un mercado laboral donde servir a un amo, y a qué amo, garantiza hambre, el ingenio es la única inversión con rentabilidad positiva. Donde el trabajo no paga, la picaresca no es un vicio: es la respuesta racional de los incentivos. El hidalgo de la Mancha, relato en ristre, atraviesa un panorama desolador por la España real, donde españoles reales malviven con lo puesto, cínicos y caraduras porque allí no crece nada.
II. Tres escalones hacia el desarrollo humano
Antes de entrar en harina, no obstante, cabe poner las cartas sobre la mesa. Para entender a qué nos referimos con el trabajo y sus dimanaciones, cabe hacer una pausa que nos permita reposar términos empleados tan a la ligera. Hannah Arendt, mirando hacia atrás, distinguió en La condición humana (1958) tres tipos de actividad humana que hoy solemos confundir, y que descarrilan cualquier debate honesto. Primero, la labor es lo que compartimos con cualquier ser vivo: el ciclo interminable de buscar para consumir y consumir para seguir buscando. Se come, se limpia, se cosecha, y el mañana no significa más que el volver a empezar; la labor no deja huella, se la traga el propio metabolismo de la vida, es entropía inapelable y fatal, la misma que se echan a la espalda tanto las hormigas como Sísifo. La labor nos tuvo pegados a la tierra durante milenios, pero no ha desaparecido, sólo se ha ocultado por la aparente abundancia. El trabajo, en cambio, fabrica un mundo para después: la mesa, el puente, el código civil, la catedral. Es la obra del homo faber, y su dignidad está en que dura más que quien la hizo. Porque no es un pedazo de madera de álamo curiosamente expuesto, es la mesa que hizo el abuelo en el viejo taller, que tantos callos y cortes le supuso, donde hoy comemos el pan, derramamos el vino y apoyamos los codos; es el puente por el que se despeñaron tantos obreros, y que hoy da regocijo a extranjeros profanos y tratantes del top manta; es nuestra Ley, y no una ley. El trabajo, en suma, es lo que ha permitido construir el techo bajo el que poder quejarnos. Por último, la acción es lo que hacemos entre personas, lo que nos eleva como animales diferentes, o nos lo permite, en un océano de realidad donde fondo y frente habitualmente se confunden: hablar de algo, persuadir sobre algo, fundar algo, comprometerse con algo. Incluye la política en su sentido noble, de manual, en todos sus aspectos, lo insondable o lo banal, en forma de asociación de vecinos, de agrupación de padres histéricos, de cuadrilla que (mal)organiza las fiestas y de junta de cooperativa. Cada vez que nace una nueva persona se restablece el reloj y se abre toda una nueva colección de posibilidades de acción, por eso lo malo, y lo bueno, no duran, no pueden durar, más que un suspiro. La labor está hecha para sobrevivir, el trabajo para perdurar, la acción para aspirar.
La distinción parece escolástica, puede ser un tanto trasnochada, pero en la confusión de estos términos está la raíz de nuestro extravío. Porque lo que llamamos empleo asalariado es un invento más o menos reciente que empaquetó las tres actividades en un solo producto convenientemente rentable y moderno, como los CDOs. Nacido y crecido sobre las cenizas del artesanado, el empleo moderno vive de la necesidad de llevar el pan a la mesa tanto como lo hacía hace 200 años, pero no distribuye ya sólo renta. Distribuye estatus, tiempo, estructurando el día, la semana, el año y la vida entera, de las prácticas, para unos, a la jubilación anticipada, para otros, distribuye red social. Y distribuye, o pretende distribuir, sentido: la respuesta a la pregunta de para qué se levanta uno por las mañanas.
III. En busca del sentido perdido: el siglo en que el trabajo servía lo prometido
La preocupación sobre hasta dónde llega hoy el asalto del trabajo ha intrigado durante años a personas infinitamente más originales e inteligentes que quien escribe: obsesionó a sociólogos, historiadores, revolucionarios de cartón-piedra, ideólogos y organizadores de hombres-masa que pusieron el debate del derecho y del revés hasta llegar a ninguna conclusión. Lo estudiaron Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel en los años treinta, examinando a los parados de Marienthal, un pueblo austriaco donde cerró la fábrica que vertebraba el pulso de la comunidad. Lo que encontró no fue sólo pobreza sobrevenida: fue gente que dejó de saber qué hora era, aunque las manecillas siguieran coronando la torre de la estación. Sin empleo se desplomaron el pulso del día, el contacto con los otros, la sensación de participar en algo colectivo. La inacción no les quitó sólo el jornal; les quitó la estructura.
Conviene retener esta imagen, porque toda la discusión contemporánea sobre el futuro del trabajo se reduce a una pregunta en este ámbito: si el empleo es un paquete que junta renta, estatus, tiempo, comunidad y sentido, ¿qué pasa cuando el paquete se rompe? ¿Y quién dijo que esas cinco cosas tuvieran que venir juntas?
Hubo, sin embargo, y volviendo a la redefinición del trabajo previamente expuesta, un paréntesis dorado en que el acuerdo funcionó en su plenitud. Aproximadamente entre 1945 y los ochenta, en el Occidente industrial, el empleo cumplió lo que prometía. El trato era claro y se cumplía: lealtad y esfuerzo a cambio de seguridad y progreso. Se entraba de aprendiz y se salía de encargado; el salario de uno mantenía una casa; cada año se vivía un poco mejor que el anterior, y los hijos, todos lo daban por hecho, vivirían mejor que los padres.
España tardó en salir de ese pozo nunca seco del todo más que sus vecinos, pero lo hizo. Con que algo quedara sin afanar, la acumulación hizo su papel, donde algo se construyó hubo algo que mantener, y eso puso en marcha cambios casi irresistibles. La industrialización llegó tarde, y a pocas comarcas; el grueso del país saltó casi directamente del secano a los servicios con cita previa. Pero se impuso cierta prosperidad, los incentivos se dieron la vuelta, el esfuerzo y el trabajo permitieron dejar algo para que los siguientes erigieran y acumularan a su vez sobre ello, todos alrededor subían con la marea.
Mis abuelos, abuelos de España, son un caso común e ilustrativo. Con estudios mínimos, si bien una educación excelente, trabajaron durante décadas en lo que hubo, y con eso se sacaron adelante a sí mismos y a los suyos: casa en propiedad, coche en el garaje, vacaciones en el pueblo, del que nunca se fueron del todo, hijos encaminados a una vida largamente prometida. No eran héroes ni santos, tratarlos como tal es un insulto a sus sacrificios: eran gente normal en un sistema donde el esfuerzo tenía una rentabilidad visible. Trabajaron a espuertas, hasta la extenuación sí, pero no por virtud teologal, sino porque todo estaba por construir, y construir salía a cuenta. La famosa «cultura del esfuerzo» que ahora se invoca como si de un valor eterno se tratara fue, sobre todo, una estructura de incentivos históricamente contingente que funcionaba. Levantar un sentido alrededor del trabajo tenía sentido, perdónenme el desatino, en un mundo en que el trabajo asalariado valía efectivamente lo que prodigaba.
Tan bien funcionaba que hasta los mejores zahoríes se equivocaron por exceso de optimismo. Keynes predijo en 1930, y sin ánimo de duda, que sus nietos, gracias al crecimiento de la productividad, trabajarían no más de quince horas semanales. Acertó de pleno en la productividad —se multiplicó más de lo que él pudiera haber imaginado— y falló estrepitosamente en todo lo demás. ¿Por qué, si tan listo era? Porque acertó en la variable económica y falló en la humana: no previó que el trabajo dejaría de ser un medio para convertirse en un fin. A mitad del siglo XX, la gallardía y orgullo del trabajador, del empleado, empezaron a hacerse ver. No era un equilibrio estable.
IV. La grieta
El paréntesis dorado se cerró, más rápido de lo que había surgido —siempre es más fácil romper que crear—, y conviene precisar cómo. No se cerró porque las nuevas generaciones se echaran a perder, la explicación por excelencia de quien no pretende explicar nada. Se cerró porque se rompieron, una a una, las condiciones que lo sostenían y hacían posible.
Y es que el trabajo es incómodo para el que lo hace, pero especialmente para quien ha de pagarlo. Creció porque era ineludible. Pero pronto se transformó en una amenaza. El modelo fordista, paternalista y reminiscente a la comunidad local sirvió de sucedáneo durante un tiempo, si bien no lo suficiente para bajar un suflé que se negaba a retroceder. Los abonados a la Escuela de Frankfurt fueron los primeros sorprendidos, ofuscados por el avance de una clase trabajadora que no les pedía ya liderazgo ni dependía de sus frescas ideas para conseguir que se pagaran las horas extra. Mientras los obreros del Este se veían abocados a seguir agachando el lomo para un nuevo patrón igual de cruel pero más consciente, los obreros del Oeste pedían cosas, y las obtenían. Mientras los trabajadores de Praga y los estudiantes de París recibían palos, los aburguesados de Boulogne-Billancourt se llevaban un incremento del 35% en los salarios mínimos, y un 10% en los salarios reales.
Por tanto, cabía inventar nuevos objetivos para que el trabajador no se contentara con llenar la nevera, poner un techo a su familia y tener por fin una voz. Había que explotar el estatus y la distinción, que tantos frutos había dado siempre. El empleo se transformó progresivamente en el gran torneo de estatus de las sociedades ricas, y de un torneo posicional nadie puede bajarse unilateralmente. El salario y las condiciones perdieron poder, en favor de una mesa bien situada, una palmada en la espalda o una promesa de felicidad.
La conclusión de esta competición a ninguna parte es que la rentabilidad del trabajo lleva décadas de caída libre. Aquí está el nudo gordiano que afronta el joven trabajador español. Este hace las cuentas que hacía el Lazarillo: ¿qué me supone esforzarme? Y las cuentas salen a deber. El empleo al que accede es más precario que el de su padre. El salario compra menos calidad de vida que años ha. La casa en propiedad, que fue la materialización física del progreso familiar, queda fuera de su alcance —excepto en Rascatruchas de Abajo, donde los afables buscadores de soluciones aseguran que se pueden encontrar viviendas perfectamente válidas a precios asequibles, aunque a veces vengan sin tejado, y siempre sin un trabajo a 200 km a la redonda—. Le dicen que se queje más, pero cuando lo hace le dicen que se calme, que está exagerando. Los sindicatos ya no están interesados en su vigor juvenil, demografía manda, y de las prejubilaciones en banca se puede sacar mayor tajada. Por último, de cada euro adicional que produce, una parte creciente se va a sostener un sistema de transferencias que fluye mayoritariamente en una misma dirección, como el alquiler que paga o los intereses de deuda pública que ayuda a sufragar. Trabajar más para otros no es un proyecto vital: es una penitencia. Y las penitencias, sin fe, no las cumple nadie.
Se trabaja cuando los incentivos están alineados; cuando no lo están, se encuentran otras maneras de sobrevivir. El joven que trabaja lo justo, encadena trabajitos, opta por la oposición-refugio o le dedica al empleo exactamente el entusiasmo que el empleo le dedica a él no es un degenerado moral, o un hombre débil que crea tiempos débiles: es el nieto del pícaro y el nieto de los abuelos españoles a la vez. Del primero heredó la lucidez sobre la realidad corriente y moliente; de los segundos, el recuerdo y la frustración de que todo esto funcionó una vez. Si el sistema actual ya no permite que el trabajo compre lo que solía, por qué enfadarse con quien decide administrar su esfuerzo.
Muchos participaron y favorecieron esta evolución por intereses espurios, dejadez intelectual y falta de coraje. La idea de que el trabajo debe ser la fuente principal del sentido de la vida —la pasión, la familia corporativa, el proyecto que te realiza— no baja del Sinaí: sale de los departamentos de propaganda, de la psicología empresarial de mediados del siglo XX y encuentra muchos idiotas dúctiles dispuestos a apuntarse a la última moda intelectual. Edward Bernays enseñó a las empresas que no vendían productos sino identidades, y la escuela de las relaciones humanas de Elton Mayo descubrió que el obrero rendía más si creía que la fábrica era su hogar espiritual. De ahí a las mesas de ping pong en la oficina hay una línea recta. Fue una operación de marketing extraordinariamente exitosa: consiguió que millones de personas le pidieran al empleo lo que antes se pedía a la religión, a la comunidad o a la familia. Y lo que se le pide a algo que no puede darlo, se acaba cobrando en decepción.
No sólo a las empresas les encantó este desarrollo inesperado, no es mi ánimo comprar el marco mental de la rive gauche, el Estado no pudo aguantar ser ajeno a esta merienda de negros, como diría Evelyn Waugh. A caballo de la prosperidad y jugando con las insatisfacciones crecientes de un proletariado venido arriba, manufacturó progresivamente un Estado social digno de tal nombre —sanidad universal, pensiones, seguro de desempleo—, que perpetuara y ampliara el campo de batalla de los intereses y las necesidades, propiciando su ensanchamiento inevitable y secando despacio el arroyo del que bebía. Cuanto más lo secara, más necesario se haría. Quiso la suerte, además, que el auge de la esfera social y la caída de la sociedad del trabajo fueran cruelmente coincidentes: el primero alcanzó su mejor ritmo en los años de reconversión, cuando se desmontaban los astilleros y los altos hornos. Extendimos la red de seguridad en el mismo momento en que se descosía el tejido productivo que debía sostenerla y que la hacía menos necesaria al mismo tiempo. Si había opciones de elegir qué Estado social se quería, la caída del trabajo de su indiscutible pedestal acabó con estas opciones.
V. La posibilidad de una isla
Sobre esta ruptura han surgido, no obstante, dos novedades históricas recientes que casi nadie está leyendo bien. Ambas podrían favorecer el retorno del trabajo a su lugar, el partido aún se puede ganar en el minuto 106.
La primera es demográfica, y es sencillamente el reto más importante del siglo. Si bien este tema se explorará en profundidad en otra entrada, cabe dar algunas pinceladas al respecto. No ha sido habitual a lo largo de la historia europea que escasearan de verdad las manos para labrar, más bien al contrario. Cuando lo han hecho, como ocasionalmente después de que pestes, guerras y hambrunas se llevaran consigo medio continente, las consecuencias fueron inmediatas: salarios relativos repentinamente fluctuantes, movilidad, y dificultades de las autoridades públicas y privadas para volver al status quo previo. Cuando el trabajo escasea, el poder cambia de manos, por mucho estatuto que se promulgue. La Europa actual, y España con especial intensidad, está entrando en la primera escasez de trabajadores pacífica de la historia. No la ha traído ninguna plaga, sino la aritmética de las cunas vacías. Aunque algunos de sus efectos serán probablemente nefastos, no cabe la menor duda de que se abrirán oportunidades para quien quiera aprehenderlas. La tentación de llenar este vacío trasplantando Quito en La Sagra no debe desanimar a los lectores. Una vez más, pocas cosas están determinadas, y la mayoría ni siquiera podemos verlas.
La segunda novedad es la irrupción, sobre este paisaje agrietado, de la inteligencia artificial, y con ella la tentación de los dos apocalipsis de siempre: el de los que anuncian el fin del trabajo y el de los que anuncian que todo seguirá igual. Propongo una lectura distinta, para la cual las categorías de Arendt vuelven a ser útiles. Lo que la IA automatiza no es «el trabajo». Es, sobre todo, la labor —incluida una labor que no habíamos identificado como tal porque se hacía con corbata—: redactar el informe que nadie lee, consolidar la hoja de cálculo que alimenta otra hoja de cálculo, y así hasta la singularidad, contestar el correo desde la sala de espera de maternidad. Buena parte del empleo administrativo moderno es metabolismo puro, ciclo que se consume a sí mismo sin dejar obra. Durante décadas hemos llamado a eso «trabajo cualificado» porque exigía título, y lo hemos pagado como tal. La IA está a punto de revelar cuánto de ello era labor disfrazada. Y aquí está mi optimismo, que no es el de los vendedores de humo. La IA puede destrozar la ilusión de muchos empleos que en realidad no producían nada, y ese sinceramiento, doloroso como todos, permitiría un renacimiento: reordenar las prioridades —y los salarios, y el prestigio— a favor de quienes sí producen, sí cuidan, sí construyen y sí se esfuerzan por progresar, y mejorar la sociedad por el camino. Que el mercado laboral vuelva a decir la verdad sería la mejor noticia en años.
Soy consciente de que es un optimismo condicional, y la condición es dura. Heidegger advirtió que el peligro de la técnica moderna no son las máquinas, sino la mirada que instala: todo —el río, el bosque, y finalmente el hombre— comparece como existencia disponible, como recurso a optimizar. Si la IA se despliega bajo esa mirada, ya sabemos el resultado, porque lo hemos visto: las ganancias de productividad de las últimas décadas no fueron a las nóminas de los trabajadores que las generaron. Si la IA multiplica la productividad de las nuevas generaciones sin redundar en mejores condiciones, en casas asequibles, en carreras con porvenir —si vuelve a evaporarse hacia los márgenes y las rentas ya consolidadas—, entonces, francamente, ¿qué sentido tiene? Habremos construido la herramienta más poderosa de la historia para que la generación mejor formada de la historia siga sin poder emanciparse. La tecnología no tiene la culpa: la técnica revela lo que la sociedad ya decidió mirar. Cambiar su papel es una decisión política, no un parche de software.
Y queda la advertencia más profunda, que también es de Arendt y de 1958, cuando (casi) nadie hablaba de algoritmos: lo peor que podría pasarle a una sociedad de trabajadores, escribió, es quedarse sin trabajo justo cuando ya no recuerda que existan actividades superiores por las cuales valdría la pena ganar esa libertad. Una sociedad que le ha pedido al empleo el sentido, la comunidad y la identidad, y que de pronto ve al empleo retirarse, no queda liberada: queda vacía. Ese es el riesgo real: el vacío.
Este artículo ha sido escrito por Malraux. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.
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Notas
Hannah Arendt, La condición humana (1958). La distinción labor/trabajo/acción ocupa los capítulos centrales; la advertencia sobre «una sociedad de trabajadores sin trabajo» aparece en el prólogo.
Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel, Los parados de Marienthal (1933).
John Maynard Keynes, Economic Possibilities for our Grandchildren (1930).
David Graeber, Bullshit Jobs (2018).
Martin Heidegger, «La pregunta por la técnica» (1953).




