¿Por qué 1812?
Hay una pregunta que conviene responder antes de empezar. No por inseguridad, sino por honestidad: ¿qué significa llamarse 1812?
La pregunta importa porque el nombre puede resonar de maneras distintas. Para algunos evocará un liberalismo dogmático más preocupado por el acceso a la gestación subrogada y el auge del nacionalismo que por su país. Para otros, quizá, el riesgo de una derecha que confunde la modernización con la rendición. Ninguna de esas lecturas es la nuestra, y merece la pena explicar por qué.
La fecha
Si bien quienes niegan la existencia histórica de España antes de 1812 yerran, no es menos cierto que el Estado español que conocemos le debe más a Cádiz —y a la reacción que la Constitución provocó, ya fuese entusiasmo o encono— que a cualquier otra cosa. No hay mejor fecha de defunción para el Imperio ni mejor fecha de nacimiento para la España moderna que 1812. La España cuya soberanía reside en la nación y cuya política es esencialmente de masas tiene allí su germen ideológico.
Aceptamos esto no como lamento, sino como punto de partida. Por fatalidad histórica y realismo político, el Imperio ha muerto. Nuestra preocupación, y el motivo de nuestro quehacer, es la España real y existente: la España que es un país europeo y que se ve asolada por crisis típicamente europeas.
No tiene nada de malo vanagloriarse de las gestas españolas. Existen, sin embargo, problemas más acuciantes. Nada de “doble llave al sepulcro de Cortés”, por parafrasear a Joaquín Costa, pero ningún romance de la Conquista ayudará —al contrario— a resolver los problemas de España.
El espíritu
Pero 1812 no es sólo una fecha. Es también una actitud.
Los siglos XVIII y XIX produjeron en Europa una energía intelectual y política que hoy resulta difícil de igualar: la convicción de que las sociedades podían ser reformadas, que la ignorancia y el atraso no eran destino sino elección, que el talento y la razón debían prevalecer sobre el privilegio heredado y la inercia institucional. España participó de ese espíritu. Torpemente, tardíamente, con innumerables fracasos, pero participó. Y en sus mejores momentos, ese proyecto tuvo una ambición genuina: sacar al país de un pasado que lo lastraba y colocarlo a la altura de su tiempo.
Son innumerables las deficiencias de nuestros liberales decimonónicos, y sería ingenuo ignorarlas. Pero lo que no podemos dejar de reprocharle a la historia española es el aburguesamiento tardío, la industrialización incompleta, la modernización siempre aplazada. Ese es el proyecto que quedó sin terminar. Y ese es, ajustado a nuestro siglo, el proyecto que nos inspira.
No nos mueve la nostalgia de 1812. Nos mueve su impaciencia.
El proyecto
España atraviesa hoy una encrucijada que sus clases dirigentes no parecen capaces de nombrar con claridad, mucho menos de resolver. Los problemas son reales y conocidos: una economía que no genera la prosperidad que sus ciudadanos merecen, unas instituciones desgastadas por décadas de mediocridad y clientelismo, un sistema migratorio que amenaza con reemplazar al pueblo español en sus propias tierras, y un sistema de pensiones que hace imposible cualquier reforma estructural seria, sacrificada año tras año en el altar del voto boomer.
A estos problemas internos se suma una dimensión exterior que no es menor: España es hoy irrelevante para sus aliados, despreciada por Washington y vulnerable frente a un Marruecos que avanza metódicamente, no sólo en nuestras fronteras, sino dentro de nuestras propias instituciones. Pero antes de lamentarnos por el peso que hemos perdido en el mundo, conviene preguntarse si tenemos derecho a reclamarlo. Un país que no ha resuelto sus problemas básicos no puede permitirse aventuras de proyección exterior, y la alternativa, como un “frente hispano contra el mundo anglosajón”, es peor que la irrelevancia.
Frente a estos desafíos, la derecha española a menudo ofrece folclore donde debería ofrecer análisis, indignación donde debería ofrecer propuestas y un ojo puesto en el pasado —y en el otro lado del Atlántico— cuando la mirada debería estar en el futuro. No es suficiente.
La solución tampoco la encontramos en un cuarto poder cuya supervivencia depende de mantener los pocos lectores que le quedan. Los grandes medios conservadores llevan décadas escribiendo para la misma audiencia, y esa audiencia lleva décadas sin renovarse. El resultado es una derecha mediática cuyo horizonte intelectual lo fija una generación que ha llegado al final de su vida productiva con el país en el bolsillo y que, por tanto, es la que menos interés tiene en que algo cambie.
No somos los únicos que compartimos este diagnóstico. En los últimos años han surgido distintas publicaciones online de derechas, pero con demasiada frecuencia se dedican a repetir consignas o a elucubrar sobre el sexo de los ángeles.
Nuestra ambición es ir mucho más allá. Queremos ser una publicación de análisis riguroso y perspectiva larga: comentario político sin las anteojeras del ciclo de noticias, relaciones internacionales con la profundidad que merecen y, sobre todo, propuestas concretas para un país que las necesita. Regeneracionistas, en el sentido más serio de la palabra. Sin renunciar, cuando el asunto lo merece, al comentario cultural, a los viajes y a la vida moderna en su sentido más amplio.
1812 nace para llenar ese hueco. Nuestra única exigencia editorial es sencilla y, a la vez, la más difícil de cumplir: cada texto que publiquemos debe aportar al lector algo que no sabía.
A quién nos dirigimos
Esta revista no está escrita para el ecosistema de Twitter. O no sólo. 1812 nace con una vocación elitista sin complejos: es nuestra ambición que las páginas que publiquemos lleguen a los despachos donde se toman las decisiones que guían el rumbo de España. Pero nos dirigimos también a quienes aún no están en esos despachos y algún día lo estarán: la joven clase profesional española que acumula conocimiento, criterio y ganas de reformar el país. El abogado que trabaja en regulación y tiene ideas claras sobre cómo debería reformarse el Estado, el economista que conoce la estructura del mercado laboral mejor que cualquier tertuliano, el funcionario que ve desde dentro cómo funciona —o no funciona— la administración, el médico, el ingeniero, el empresario que carga con el peso de un país que podría funcionar mucho mejor.
Hay en España muchos jóvenes en posiciones intelectualmente privilegiadas que leen, piensan y tienen cosas que decir. Y que no tienen dónde decirlas, porque las publicaciones existentes no les ofrecen el nivel que exigen ni el tono que merecen. 1812 quiere ser ese espacio.
Los fundadores de esta revista no buscamos protagonismo, ni ponernos medallas. Nuestro compromiso es el anonimato, para que nada distraiga de lo único que aquí importa: las ideas. Si reconoces en estas páginas algo de lo que tú mismo piensas, si te preocupa el país, si tienes conocimiento que merece convertirse en argumento, escríbenos. Este proyecto es de quienes estén dispuestos a construirlo.
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