Miedo y asco en Washington
Reflexiones de una visita al corazón del imperio
Son las tres de la madrugada un jueves en Manhattan. Estoy en el McDonald’s de Novena Avenida. Los otros clientes, en contra de mis ilusas expectativas, no son estudiantes volviendo de una noche de fiesta, sino jóvenes racializados. Una pareja de ellos tiene una niña pequeña que no se calla. No parece molestarle a nadie. Se les acerca otra joven afroamericana, que les dice, refiriéndose a la niña: “¡Dios mío, es preciosa! ¿Cómo se llama?”, a lo que le contesta la madre: “Se llama LaShatila”. Me aguanto la risa. “¡Qué nombre más bonito! No lo había escuchado antes”, dice la otra chica. La madre, pecho henchido de orgullo, grita “¡Claro que no; me lo he inventado yo!”. Se me escapa la carcajada. Inmediatamente el local entero me mira, y no precisamente con amor en los ojos. La vuelta al hotel, mirando por encima de mi hombro cada diez metros.
Así transcurrieron las primeras horas de mi visita al corazón del imperio el pasado enero. He de confesar que era mi primera vez al otro lado del charco, y no porque no hubiera podido viajar antes. Simplemente no me atrae Estados Unidos. Quizá sea demasiado provinciano, pero los MBA en Harvard se los dejo a los socios aspirantes de McKinsey & Co.; las lunas de miel en autocaravana por la costa oeste, a los pijos madrileños. De Disneyland o Disneyworld o cómo se llame prefiero no decir nada.
Aunque no os lo creáis, no viajaba para hacer un documental sobre el estadounidense en su hábitat natural. Desafortunadamente, en la derecha española nadie suelta un duro para este tipo de investigación puntera; sólo hay dinero para financiar programas de jóvenes líderes hispanoamericanos que, de alguna manera, siempre acaba en el mismo sitio: pagarle cenas caras en Madrid a Marcelo Gullo. Pero, Amancio, si lees estas líneas, que sepas que todavía estás a tiempo de financiar una segunda edición de Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente, dedicada exclusivamente al estudio del homo americanus.
El motivo de mi viaje a Estados Unidos se encontraba en Washington D.C. Mucho no puedo revelar por discreción, pero, junto con mis acompañantes, los tres días y medio que estuve en la capital fui de reunión en reunión, desde Foggy Bottom hasta las sedes de la mayoría de los think tanks de derechas en la capital.
Todo empezó con un desayuno que ya indicaba por dónde iban a ir los tiros. Nuestro anfitrión —un viejo conocido de uno de mis acompañantes—, una vez informado de nuestra agenda de los próximos días, insistió en hacer varias llamadas por teléfono para conseguirnos reuniones con amigos suyos importantes. Al expresar nuestra gratitud, nos dijo: “No quiero que me deis las gracias. Quiero que sepáis que me debéis un favor”. Me hubiera gustado echarle en cara sutilmente semejante grosería, ¿pero qué puede hacer uno ante semejante falta de refinamiento?
Un breve inciso: el buen hombre lucía unas botas recién salidas de la sección de Quechua del Decathlon. Decía Coco Chanel que una mujer con buenos zapatos nunca va fea; invirtiendo esa lógica, un hombre con zapatos feos siempre lo es. Y en la tierra de los libres no había ninguno guapo. En el mejor de los casos, llevaban unas deportivas discretas; en el peor, llevaban unos zapatos de cuero sintético color marrón clarito, herejía existente sólo a ese lado del Atlántico. Por no hablar de los trajes, claro: el que convenciera a los estadounidenses que un traje azul chillón es elegante debe seguir riéndose desde el cielo.
Antes de partir, nuestro anfitrión nos dejó un recado más: (re)desayunar con un amigo suyo periodista, con un “gran interés” en la política española. Esto resultó ser una ligera exageración. El periodista era la caricatura de un tradiloco católico: chaqueta de tweed, obeso, y muy insistente en que el papa Francisco había sido “el mejor aliado del demonio”. Casado en segundas nupcias con una colombiana veinte años más joven que él que antaño había formado parte de su servicio doméstico, su moral católica aparentemente no era impedimento para que soltara repetidamente comentarios admirativos sobre el culo de la Sra. Ayuso. Los conocimientos de este supuesto ‘experto’ en asuntos hispanos no iban mucho más allá; desconocía de la existencia de Pedro Sánchez, y confundía a Colombia con Chile. Por lo menos salió feliz de nuestra reunión: a nuestra costa, se zampó un plato de huevos Benedict equivalente al consumo calórico de un año de Íñigo Errejón.
He de confesar que del resto de reuniones —afortunadamente más serias— salí horrorizado. A continuación les contaré en más detalle, pero la conclusión es clarísima: el vínculo transatlántico sólo existe en los corazones de los que siguen viviendo en el pasado.
Del Departamento de Estado sacamos en claro que cualquier esperanza que albergáramos de que la volatilidad de Trump encontrara una fuerza equilibrante en las personas que trabajan para él era una esperanza infundada. Fue verdaderamente asombroso escuchar a personas a priori razonables repetir como loros las consignas trumpistas.
Soy plenamente consciente de que, hasta ahora, la nota la podría haber firmado Cuca Gamarra, pero no os asustéis: no soy uno de los esclavos que lesbianus maximus tiene en su sótano de Génova, 13. Veo con mejores ojos la política de exteriores de Trump que la mayoría a este lado del espectro político. Entiendo el enfado estadounidense con Europa por su incumplimiento de sus compromisos en materia de defensa, y comparto su aparente ansia de defender la civilización occidental.
Lo que es intolerable es su hipocresía. No puede ser que la administración Trump esté dispuesta a abandonar Europa porque está, efectivamente, gobernada por una caterva de izquierdistas incompetentes, cuando hasta hace menos de un año y medio Estados Unidos estaba en manos del wokismo más atroz. Europa necesita tiempo para que los partidos nacionalistas gobiernen, pero las bravuconadas norteamericanas con Groenlandia y las burdas intromisiones de Trump y Musk en la política europea no hacen sino dañar esa misma causa que dicen apoyar.
También llamaba la atención la chulería con la que nos trataron. Recuerdo vívidamente a un tipo que nos recibió en su despacho en el Departamento de Estado. Llevaba la camisa más apretada que Abascal. Hacia el final de la reunión, le preguntamos si Estados Unidos iba a intervenir en Irán —el viaje ocurrió en enero—, y expresamos nuestra enorme preocupación por las consecuencias que ello pudiera tener para Europa. Él se reclinó en su silla, sonrió, se puso las manos detrás de la cabeza y nos dijo: “Existe la posibilidad de que la liemos parda. Depende de Europa lidiar con las consecuencias”.
De los think tanks casi prefiero no hablar. En uno de ellos, el ‘equipo sénior’ para asuntos europeos resultó ser tres treintañeras harto desagradables y horripilantemente vestidas, sacadas de Whiskas, Satisfyer y Lexatin. Y no os creáis que estas personas no son importantes: una de ellas venía de un muy buen puesto en el Pentágono. Sus informes sobre la situación en Europa son leídos asiduamente en Foggy Bottom.
En otro think tank, tras la ya manida perorata sobre el wokismo europeo, tuvimos que soportar una filípica contra España, y amenazas no tan veladas sobre la situación de la base de Rota. “Quizá la movamos a Marruecos”, nos dijo uno de los asistentes. “En la siguiente reunión que tenga con John [Phelan, por aquel entonces secretario de la Armada] le voy a sacar el tema”. Cuando uno de mis compañeros tuvo a bien recordarle que, en las promociones de suboficiales que salen todos los años de Annapolis, Rota siempre es el primer destino internacional que se agota, se calló muy rápido.
Por más que la chulería americana y la demencial política internacional del segundo mandato Trump puedan irritarnos, lo cierto es que Trump ha dado un impulso enorme a la lucha contra la ideología woke y contra la inmigración. Ese legado merece ser preservado. El problema es que es el propio Trump quien lo pone en riesgo, particularmente en Europa. Si quiere que su legado perdure, la administración Trump ha de cuidar ser menos antagónica con Europa. Principalmente, porque corren el riesgo de que los líderes europeos celebren una victoria del Partido Demócrata en 2028 —que sería un desastre mayúsculo—, e inauguren con entusiasmo un nuevo Tausendjähriges Reich del wokismo a ambos lados del Atlántico, más virulento y totalitario que el anterior.
Pero también por coherencia. Europa está muy lejos de ser la coalición de islamistas e izquierdistas que imaginan algunos tuiteros norteamericanos, y Estados Unidos está muy lejos de ser perfecta. Su ciudad más importante está gobernada por un elemento claramente subversivo; a cinco manzanas de los rascacielos más imponentes del mundo, entre el humo de los porros y los altavoces escupiendo música de Tupac a todo volumen, las aceras están repletas de imitaciones baratas de bolsos Louis Vuitton.
Si algo demuestran mi visita a Estados Unidos y estos últimos meses, es que Europa necesita recuperar su soberanía. Hace mucho que no la tiene. Y, al contrario de lo que opina la mayoría de la derecha, creo que una Europa unida es condición necesaria para lograrlo. Mucho me temo, sin embargo, que con nuestra actual clase dirigente —me niego a llamarla ‘élite’— esto será imposible. Mientras no nos gobierne gente capaz, plantearse si es mejor estar dentro o fuera de la Unión Europea carecerá de sentido: será elegir entre un vasallaje y otro.
Este artículo ha sido escrito por un colaborador anónimo. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.
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