Los cuatro pilares que le faltan a España
Energía barata. Conocimiento. Socialización. Soberanía. En ese orden.
La riqueza no aparece porque un Estado la diseñe desde arriba ni porque un mercado abstracto la reparta por sí solo. Aparece cuando una sociedad puede probar ideas, descartar las que no funcionan y ampliar las que sí. La economía es, en ese sentido, un sistema complejo: tecnologías, instituciones y empresas compiten, cooperan y evolucionan. La tarea del Estado no consiste en sustituir ese proceso, sino en asegurar las condiciones materiales, sociales y estratégicas para que pueda ocurrir en España.
Esas condiciones pueden resumirse en cuatro pilares: energía barata y abundante, conocimiento, proximidad productiva y soberanía. Los tres primeros son los cimientos; la soberanía es el tejado que protege la construcción.
La energía barata es la base sobre la que se tiene que erigir la nueva España. Sin acceso a fuentes de energía baratas es imposible llevar a cabo ningún tipo de política económica. Sin energía barata no hay industria, sin energía barata no hay construcción, sin energía barata hay menos dinero en manos de los ciudadanos. España es uno de los países con mayor implantación de las energías renovables —en 2025 representaron el 55,5% del mix eléctrico y el país alcanzó 142,5 GW de potencia instalada, según Red Eléctrica— debido a decisiones políticas que, de manera acertada, permiten hacer uso de los recursos de los que disponemos. Hay que destacar que, en algunos casos, esto se ha producido de manera excesivamente temprana, lo que nos da unas infraestructuras antiguas y elevados costes.
España debería tener unos costes inferiores, pero esto ha quedado condicionado por la política energética y el oligopolio eléctrico, que mueve los costes a los ciudadanos a través de impuestos y cargos. La abundancia de potencia instalada no se traduce por sí sola en precios bajos y estables: la red, el almacenamiento, las interconexiones y el coste de los servicios de ajuste determinan si esa energía llega realmente a hogares e industria. A esto hay que añadir que la gestión energética se ha convertido, como todo, en un caballo de batalla ideológico que condiciona las decisiones que se toman y tiene efectos como el apagón sufrido en abril de 2025. El informe oficial lo atribuyó a un fenómeno de sobretensión y a una pérdida de generación en cascada que el sistema no logró controlar, según el Ministerio para la Transición Ecológica. Esto reabrió el debate sobre cómo integrar la generación renovable y por qué, pese a contar con una capacidad instalada mayor, esta no siempre se está empleando.
La evolución económica ha puesto en el centro diferentes elementos según lo que se ha necesitado en cada momento histórico. Mano de obra posterior a la Segunda Guerra Mundial, acceso al capital posteriormente, capacidad industrial posteriormente; pero, siempre, lo que ha estado detrás como una constante es el conocimiento. En el momento en el que nos encontramos de la historia estamos viendo cómo elementos que atribuimos al conocimiento, como la capacidad de generar software, se están convirtiendo lentamente en una commodity con la IA. Este proceso está en sus primeras etapas pues según Menlo Ventures, de los 1.800 millones de personas que hoy usan alguna herramienta de IA en el mundo, sólo el 3% (54 millones) paga por ella, lo que apenas representa un 0,7% de la población mundial.
Esto permitirá un desarrollo económico, así como cambios en la configuración de los países, sus sistemas fiscales, del bienestar e incluso sociales, similares a los de la revolución industrial; si entonces lo que se automatizó fue el trabajo manual, la revolución de la IA automatizará los trabajos nacidos a raíz de la profesionalización del trabajo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Este cambio de paradigma, donde la manualidad en ciertos sectores va a verse reducida, no puede permitirse que suceda mientras España se encuentra bajo la tormenta perfecta: alta deuda, altos costes recurrentes en su estado del bienestar y una población que envejece y, además, se incrementa artificialmente sin producir un beneficio.
El envejecimiento tiene consecuencias concretas: el incremento del número de pensionistas y de la pensión media aumenta el gasto en pensiones, mientras que una población más envejecida eleva también el coste sanitario y de los cuidados. La AIReF estima que el gasto sanitario aumentará 1,4 puntos de PIB entre 2023 y 2050 y que el gasto en cuidados de larga duración aumentará otros 0,7 puntos. A esta presión de gasto se suma una presión fiscal creciente: la Comisión Europea señala que el peso de los impuestos sobre el trabajo en los ingresos tributarios españoles pasó del 48,7% en 2015-2019 al 51,8% en 2020-2024, y que los ingresos procedentes del trabajo explican el 90% del aumento de la presión fiscal de la última década. España necesita apostar por el conocimiento como el centro de su economía en lugar de, como hemos visto en la sección anterior, mantener una economía donde los sectores de bajo valor añadido o la importancia del sector público ocupen un espacio mayor del que deberían. España necesita entender que, para que exista un futuro, se debe hacer crecer la tarta a repartir o esta se acabará; y esto será únicamente posible si crecemos y, para ello, necesitamos usar lo que nos hace humanos: el cerebro.
La socialización parece referirse a algo que está alejado de lo que se podría esperar de un documento económico; es, sin embargo, un aspecto que debería tener más relevancia. El ser humano es un animal social que ha necesitado de la cooperación de otros para su desarrollo; esto no es algo que vaya a dejar de ser necesario por mucho que se automaticen procesos con la IA: la cooperación entre humanos es necesaria. Esta socialización podría también formularse como proximidad geográfica de aquellos agentes económicos con mayor capacidad productiva.
¿Qué hace falta para esto? Desde una política de vivienda que permita que aquellos que desean mudarse a Madrid, Barcelona, Málaga o La Coruña —o cualquier otro foco de actividad económica— puedan hacerlo, pues existe una pérdida de proactividad y desarrollo económico de aquellos que, queriendo, no pueden desplazarse por culpa de la ausencia de vivienda, hasta una política que permita fácilmente la formación de empresas y su crecimiento, un sistema que permita la aparición de agentes con capital para prestar y que este se pueda reinvertir; en definitiva, un ecosistema virtuoso que se refuerza a sí mismo. Al contrario de lo que aquellos que sólo enuncian el mercado como solución piensan, es necesario que exista un marco jurídico que permita que los nodos caóticos actúen y se pongan en contacto para expandirse.
La soberanía es el último punto y, quizás, el más importante. Actúa más que como un cuarto pilar, como un tejado que da cobertura a la construcción, pues ejerce de protección ante lo que viene de fuera. Un país que no dispone de fuentes de energía propias está abocado a depender de los precios y de los suministros de terceros y que, como se ha visto en estos últimos cuatro años, en muchos casos depende de países inestables. Un país que no participa en ningún punto de la cadena de valor o únicamente en los últimos pasos, donde no se crea valor, es decir, alejado del conocimiento, estará a merced de otros, como sucede con la energía.
El ejemplo más palpable lo hemos visto durante junio de 2026 con el bloqueo temporal a los últimos modelos de Anthropic, Fable y Mythos, por parte del Gobierno estadounidense. La orden de control de exportaciones obligó a restringir el acceso a extranjeros y, al no poder comprobar la nacionalidad de los usuarios en tiempo real, Anthropic suspendió el acceso para todos sus clientes. La medida se levantó a finales de junio, pero el precedente permanece: como explicó la propia Anthropic, quien controla la infraestructura, los modelos y la regulación tiene la última palabra. Esto podría resumirse en not your soil, not your AI.
La soberanía es también que aquellos que socialicen sean personas de tu propio país y que esto tenga lugar en tu país, pues el objetivo tiene que ser generar una actividad unida al territorio y no volver a una economía nómada.
La soberanía debe estar embebida en todas las decisiones del país, desde la economía hasta la alimentación. En un mundo donde parece que la cooperación internacional y las alianzas están en retroceso o son dudosas, los países tienen que ser capaces de, en la medida de sus posibilidades, satisfacer sus necesidades económicas, así como las de protección.
Este análisis puede ser una base para el desarrollo de algo mayor como es un cambio de cómo enfocamos el modelo económico español y que debería tener una traducción hacia medidas concretas como por ejemplo:
Energía: bajar la carga fiscal y regulatoria que separa el precio mayorista (de los más baratos de la UE) del precio final (entre los más caros), y desplegar almacenamiento para no repetir el apagón.
Conocimiento: elevar la inversión en I+D hacia la media europea y situar el talento y la tecnología en el centro del modelo productivo, no los servicios de bajo valor añadido.
Talento: recuperar el talento español fuera del país con condiciones fiscales y salariales competitivas, revirtiendo la fuga de cerebros que hoy nutre a otras economías.
Vivienda y aglomeración: liberalizar suelo y agilizar licencias en los polos de mayor productividad para que quien quiera mudarse a ellos pueda hacerlo.
Empresas: simplificar la creación y el crecimiento de compañías, y desarrollar capital nacional que las financie.
Soberanía: reducir la dependencia energética y tecnológica de terceros países, con capacidad propia (o europea) en infraestructura crítica y de IA.
Algunas existen en programas políticos que no son más que buenas intenciones, parte de un eslógan sin contenido; tenemos que pedir más, hay que querer más porque merecemos más como país.
Este artículo ha sido escrito por Carlos Collarte. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.


