
La intención de este texto es intentar explicar de manera clara cuáles son los efectos de la inmigración, tanto en los países emisores como en los receptores. La idea es abordar no sólo los problemas económicos, sino también los aspectos sociales y demográficos; por mucho que puedan parecer temas separados, al final son todos diferentes prismas para ver el mismo problema.
Es preciso, además, dejar claro que el objetivo no es llevar a cabo un análisis únicamente de un país, sino llegar a la generalidad de la problemática pues el país da igual: los problemas son comunes a todos.
Países receptores y sus economías
Para los países que reciben inmigrantes, esto supone, en líneas generales, un subsidio para sus economías, a nivel país y a nivel empresa.
La inmigración es un proceso por el cual se aumenta de manera artificial —pues es independiente del crecimiento natural de un territorio— el pool de trabajadores de los que se puede disponer. Esto puede tener dos consecuencias: el cierre de una brecha en las habilidades disponibles del país o, más comúnmente, un aumento de la mano de obra general.
En el caso del aumento de la mano de obra, el impacto, siguiendo la más básica de las leyes económicas, la ley de la oferta y la demanda, producirá tanto una reducción del salario como una limitación al aumento del mismo a lo largo del tiempo. Además, desde el punto de vista de la empresa, el tener siempre capital humano disponible a bajo coste facilitará que las mejoras tecnológicas tarden más en llegar, pues se eliminan los incentivos para ello.
Un factor relevante para este proceso es la capacidad de asimilación de los nuevos trabajadores. En Las guerras comerciales son guerras de clase se detalla el impacto que supuso para los trabajadores de Alemania la caída del muro, en tanto en cuanto se aumentó de manera inmediata la mano de obra disponible sin que existiera la que normalmente sería la principal barrera: el idioma. Similar es el caso de la inmigración hispanoamericana en nuestro país o los países de las antiguas colonias en Reino Unido.
Este funcionamiento a modo de subsidio funciona independientemente del país; únicamente variará el origen y la formación de los inmigrantes: en España tenemos mano de obra poco formada pues es una economía intensiva en factor trabajo; en EEUU o en Reino Unido se produce la entrada de inmigración con mayor formación. Lo único que cambia es la parte de la población que se ve afectada.
Si pasamos a ver el subsidio a nivel país, tenemos en España el ejemplo más claro. El Gobierno no deja de dar constantemente los datos de crecimiento del PIB, así como los de empleo, y cómo esto está potenciado por la inmigración. Sin embargo, esta mejora no se traduce en un incremento de la riqueza de los ciudadanos o una mejora real en el país. Los salarios están estancados desde 2008. ¿Cómo puede ser que crezca el PIB? La economía crece, sin duda, pero la forma de hacerlo es a costa de aumentar el número de personas, aunque sea con sueldos menores —el sueldo español medio tiende de manera clara hacia el SMI—.
De manera análoga, a nivel empresarial España no va a abordar ningún tipo de transformación, dado que ninguno de sus agentes económicos tiene incentivos para hacerlo mientras pueda seguir tirando de personas dispuestas a trabajar por un sueldo menor y, en muchos casos, en condiciones peores.
No vamos a entrar aquí en aquellas situaciones que se dan en países como Reino Unido, donde existe un estado del bienestar —cosa que a muchos les sorprendería— que incentiva a quien viene de fuera a no buscar trabajo y mantenerse fuera del mercado, pues es posible conseguir una larga lista de ayudas al poco de entrar en el país. Conviene aclarar que estos beneficios no están disponibles para inmigrantes trabajadores como yo, sino específicamente para quienes llegan sin recursos.
Países receptores y sus sociedades
La ley de la oferta y de la demanda sigue al problema migratorio incluso más allá de los salarios.
¿Qué sucede cuando la demanda de un bien de primera necesidad aumenta pero su oferta permanece constante? Es más, ¿qué pasa si la demanda de ese bien puede crecer de manera casi inmediata pero el incremento de su oferta se dilata en el tiempo pues no se puede producir al mismo ritmo?
Estas preguntas apuntan al primer elemento afectado por el aumento de población que trae la inmigración: un territorio tiene que ser capaz de acoger a quienes han decidido trasladarse allí. Cuando estos movimientos migratorios se producen de manera desordenada —como ocurre en la mayoría de los países occidentales—, chocan con un obstáculo estructural: la renuencia de los países a construir vivienda. Las excusas varían según el caso, pero todas se reducen a proteger el valor de los activos de los propietarios actuales. El resultado es un problema que crece sin que nadie sea capaz de resolverlo.
Lo mismo sucede si analizamos otros servicios como pueden ser la sanidad o el transporte público. Es común ver en redes sociales quejas sobre el Metro de Madrid en hora punta. También invito al lector a que busque en qué fecha se hizo la última ampliación significativa del metro o bajo qué parámetros funciona, y si es acorde al incremento que ha vivido la ciudad en el último lustro.
En las razones por las que el problema de los servicios no se soluciona, pese a estar tristemente en boca de todos, no vamos a entrar en más detalle.
Además, desde un punto de vista puramente social, cuando se forman grupos lo suficientemente grandes de personas con una cultura y un origen distintos al local, se produce una tensión entre ambos grupos. La tendencia en Occidente ha sido soportar —o acallar— las quejas, porque ser bueno con el prójimo se presenta como la actitud óptima. Sin embargo, a largo plazo las sociedades diversas necesitan un ente aglutinador común —ya sea la fuerza o un destino como nación en el que todos puedan reconocerse—, o corren el riesgo de niveles elevados de disfuncionalidad y, llegado el momento, según el caso, de violencia.
Países emisores y sus economías
Si para las economías receptoras la inmigración es un subsidio, y para las sociedades receptoras un coste, ¿qué supone para los países emisores?
Las razones por las que una persona emigra son variadas, pero todas se pueden acabar resumiendo en una búsqueda de mejora de sus condiciones de vida.
La inmigración, como vía de escape, supone un alivio para los países y sus regímenes, autoritarios o no, así como para sus economías.
Por ejemplo, en la India se dan más de veinte millones de nacimientos anuales, con lo que esto supone llegado el momento para un mercado laboral. Por ponerlo en perspectiva, España tiene cerca de veintiún millones de cotizantes. Además, el caso de la India es un ejemplo de una economía que no está preparada para absorber esa generación de trabajadores que, en muchos casos, ostenta títulos universitarios —no vamos a entrar a debatir su calidad— pero que esperan acceder a empleos cualificados en un país que, además, sigue teniendo un porcentaje alto de su población dependiente del sector primario.
Este exceso poblacional se distribuye a través de la migración a otros países, permitiendo que el país no genere un problema para el gobierno de turno ante la ausencia de un futuro mejor.
En este mismo sentido se deben entender los acuerdos comerciales que firma la India —como el más reciente con la UE— como una forma de potenciar esta dinámica desde el propio gobierno.
En caso de países con personas sin formación, la población puede acceder a mercados donde, por su factor trabajo, puede tener un salario que permite intentar desarrollar una vida mejor. Si uno piensa, por ejemplo, en la vendimia o los temporeros, son puestos ocupados en su mayoría por extranjeros, pues las condiciones y el salario son mejores que los que encuentran en su país.
En ambos casos, la presión demográfica es aliviada a través de la salida al exterior.
El otro aspecto económico es el modelo que esto valida. Al igual que ocurre con los países receptores, un país emisor termina validando un modelo que puede derivar en dependencia: población trabajando en el exterior y enviando remesas que acaban aumentando el dinero disponible para consumo o inversión —más que la riqueza propiamente— en sus países de origen.
Esta financiación exterior permite sustituir algunas de las acciones que los estados deben tomar, como es la ayuda a las personas que lo necesitan dentro de un territorio; algo difícil en países pobres pero que se consigue a través de este método.
Países emisores y sus sociedades
Como hemos visto en el caso de los países receptores, hay un impacto en el funcionamiento de sus sociedades a causa de un incremento poblacional, pero ¿qué sucede en el caso contrario?
En la mayor parte de los casos, los países de origen son más pobres que los de destino. La emigración supone una fuga del capital humano que debería estar construyendo el país.
Pienso en mi propio caso. Vivo en Reino Unido, por lo que no cotizo para las pensiones —único tema que parece importar a una gran parte de España—. Asimismo, si alguien me considerase capital formado, estoy privando a alguna empresa o al propio país de mis servicios.
Si uno piensa en países más pobres, el problema es mayor. Además, con tendencias demográficas decrecientes —aunque a muchos les sorprenda, las tasas de fertilidad también decrecen en estos países— van a entrar a convertirse a su vez en países receptores. Este es el caso, por ejemplo, de Marruecos. Nosotros nos quejamos de la inmigración marroquí, pero ellos hacen lo mismo con la procedente de Mali.
Si en el caso de los países desarrollados las sociedades se ven afectadas por la saturación, en los emisores, normalmente más pobres —aunque, como en el caso de España, no tiene por qué ser un país tan pobre— se priva de recursos para construir un futuro.
Dinámica estructural-demográfica
Peter Turchin1 no habla directamente de inmigración, pero su modelo de la dinámica estructural-demográfica sí permite ordenar y comprender estos fenómenos.
A través del análisis matemático de la historia, Turchin identifica cuatro elementos que se dan en la caída de imperios, países o democracias, todo esto encuadrado en un proceso dinámico de integración y desintegración de sus sociedades.
El fenómeno migratorio, y cómo afecta a los países, actúa como acelerador de los indicadores que el profesor ruso define en su modelo. Estos son: el empobrecimiento popular, la sobreproducción de élites, la bomba de riqueza y la crisis fiscal del Estado. Otros elementos relevantes son la percepción del propio Estado y del poder por parte de los ciudadanos.
Estos cuatro puntos actúan de la siguiente manera: cuando aumenta la presión demográfica sobre recursos limitados, los salarios caen (empobrecimiento popular), las élites se multiplican compitiendo por el poder (sobreproducción de élites), la riqueza se concentra arriba (bomba de riqueza) y el Estado pierde capacidad fiscal. Estos cuatro factores, actuando simultáneamente, desintegran la cohesión social y precipitan las crisis políticas.
En los países receptores, esto se aprecia en lo ya expuesto en secciones anteriores: los salarios estancados y la dificultad para acceder a bienes como la vivienda son manifestaciones del empobrecimiento popular.
Para intentar evitar estos problemas, es común que la gente opte por formarse más, generando así sobreproducción de élites en el país receptor. ¿Qué es la élite en este contexto? No tiene que ser sólo CEOs, presidentes, etc.; son personas que aspiran y compiten por posiciones de poder, influencia y prestigio, desde lo económico hasta lo político y lo administrativo. Estas posiciones permiten escapar del empobrecimiento mediante la mejora del propio capital humano. Sin embargo, cuanto mayor es el número de personas compitiendo por las mismas posiciones, mayor es la insatisfacción y, en consecuencia, la inestabilidad: a diferencia del pueblo llano, estas personas sí cuentan con las herramientas y los contactos necesarios para convertirse en un problema para el régimen, en contra-élites.
Por eso es tan importante que los países emisores puedan canalizar hacia el exterior a su población formada y así mantener la estabilidad de sus sistemas: tanto la de los más pobres como la de quienes aspiran a puestos de élite.
El caso de la bomba de riqueza no lo hemos tratado directamente, pero si el factor trabajo pierde peso dentro de una economía, ese espacio lo ocupan quienes tienen capital y se benefician del momento del ciclo y del aumento del bienestar general. En concreto: rentistas, empresarios propietarios de activos, etcétera.
Parece razonable concluir que, si aceptamos el modelo del profesor Turchin, la inmigración masiva y descontrolada actúa como acelerador de estas tendencias en países con desigualdades crecientes, como España y otros países europeos y occidentales, cuyas poblaciones arrastran un deterioro económico constante desde 2008.
Conclusión
La inmigración, para poder generar un debate serio y ofrecer soluciones reales a los habitantes de un país, tiene que alejarse tanto de ridiculizar al otro como de imágenes paternalistas y buenistas.
La inmigración puede ser positiva —dicho por alguien que vive fuera de su país— si la persona que viene cumple con una función concreta y viene a solucionar un problema específico en el país de destino. Además, este flujo debe producirse de manera coordinada y medida para evitar, como si de una presa se tratase, que se produzca una rotura en el sistema por un exceso de presión —situación que parece estar sucediendo en Occidente—.
La inmigración es otro resultado del cortoplacismo en el que vive instalado Occidente, pensando en qué se soluciona hoy y no en qué impactos tiene en el futuro. Lo mismo se puede decir de los países emisores en base a lo expuesto.
Si tomamos el modelo del profesor Turchin, todas las decisiones que estamos viendo recientemente por parte de políticos españoles y europeos —regularización masiva de inmigrantes y el acuerdo con India— parecen incrementar las presiones sobre el sistema y acelerar el proceso desintegrador de nuestras democracias. Es especialmente preocupante el caso del acuerdo con India, ya que incluye la movilidad de personas formadas, lo que aumentará el empobrecimiento en sectores de la población donde no había llegado y, más si cabe, la sobreproducción de élites.
¿Cuál es mi reflexión de cierre? Si la clase baja de un país pobre siempre puede intentar irse a otros países más desarrollados a probar suerte, ¿qué le queda a los españoles, alemanes, americanos, etc.? ¿Dónde han de ir para no sufrir este proceso de empobrecimiento?
La respuesta debería ser que la gente se quedara en sus países y que sus gobiernos la protegieran. Sin embargo, las preferencias políticas dominantes van en sentido contrario, y no parece existir refugio posible: estamos condenados a ser espectadores de cómo las decisiones de quienes nos gobiernan empujan el sistema hacia una posible implosión.
Este artículo ha sido escrito por Carlos Collarte. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.
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