Cuestión de edad
Votar el ayer, gobernar el mañana
El sistema democrático parlamentario en origen presuponía que el votante era un ciudadano formado, con un interés en el funcionamiento de la realidad de su país, del mundo y sus avances, y que ello le llevaría a votar a la mejor opción política que su razón le dictase; todo ello incluso antes del establecimiento del sufragio universal. El avance de la modernidad y la mejora global de las comunicaciones provocó que, año tras año, resultara más evidente que el ideal del votante formado era cada vez más y más utópico. Con todo, el votante constituía una forma de ver el mundo que se extendía en mayor o menor medida, con independencia de la ideología personal de cada uno, en todo el espectro de una misma generación. Sí, de una generación a otra la forma de comprender la realidad se alteraba, pero no eran diferencias insalvables; en un ejercicio de alteridad se comprendían entre ellos y la política podía dar una respuesta que, con sus más y sus menos, satisficiera a todas las generaciones.
A partir de la Segunda Guerra Mundial, la situación cambió vertiginosamente. El mundo avanzaba cada vez más rápido. El choque de culturas con un entendimiento antitético del análisis de la realidad complicó aún más la comprensión. Entramos en una fase en la que no sólo el votante era incapaz de seguir el ritmo de lo que sucedía, sino que ni siquiera los propios políticos podían hacerlo, teniendo que apoyarse en cada vez más asesores. La relación intergeneracional sufrió su propio desbarajuste con la generación del baby boom, de la que salió una generación considerablemente más laica que la de sus padres y abuelos. El influjo de la televisión, el cine, la circulación de revistas y libros extranjeros y, más tarde, la difusión de Internet supuso una revolución en la transmisión del conocimiento: no es que uno pudiese soñar con estar al día en todo lo que pasaba en el mundo, es que apenas podía seguir los cambios e innovaciones que sucedían en su propio sector profesional. El sueño del ciudadano ilustrado que guiara los destinos de la nación estaba muerto: la modernidad nos había legado un votante aturdido por el ruido, incapaz no ya de entender el mundo, sino de reconocerlo.
El historiador británico George Malcolm Young defendió en 1943 ante la Academia Británica una tesis que comparto: para entender a un hombre hay que mirar qué ocurría en el mundo cuando tenía veinte años. Ante la imposibilidad de estar al tanto de toda la realidad que nos circunda, cada generación tiende a amoldar el funcionamiento del mundo a su juventud y a proyectarlo a lo largo de su vida, aunque este cambie. Si bien en el pasado sucedía algo similar, los avances no ocurrían tan rápido y las brechas que se abrían en el entendimiento de una generación a otra no eran tan profundas, posibilitando la comprensión y por tanto el buen gobierno. Ahora resulta evidente que no es así. La generación del baby boom piensa de forma muy diferente a la Generación X, y la mentalidad de los millennials o de la Generación Z les resulta directamente alienígena (y viceversa). El planeta ha acelerado tanto el ritmo que el padre de cincuenta años es ya un extranjero en la tierra que habita con su propio hijo.
Vivimos en una democracia en la que cada ciudadano tiene derecho a un voto que tiene el mismo valor que el de los demás. Sin embargo, el peso electoral de cada generación en España presenta diferencias extraordinarias. No pretendo culpar a la población del baby boom por ser la que obtiene un mayor porcentaje de votos, pues ellos no decidieron venir a este mundo, ni su época ni su lugar. Pero estos desfases suponen una catástrofe para el futuro de nuestro país si no se hace algo al respecto. Una democracia que concede la mayoría del peso de las decisiones del mañana a quienes ya han vivido el ayer deja de ser un régimen representativo; se convierte, en la práctica, en la ejecución tutelada de un testamento redactado por quienes ya no habrán de habitar el futuro.
Soy pragmático y no voy a defender posiciones que no tienen recorrido, como restringir el voto a partir de cierta edad, a quien no cotiza o a quien no paga determinados impuestos. Pero sí defiendo que las diferentes generaciones tengan una representación por igual en el espacio público o, al menos, que sus voces no se oigan menos que las de mayor peso en el censo. El mundo acelera a ojos vistas; lo estamos viendo con la irrupción de la IA. Necesitamos que jóvenes preparados ocupen cargos tanto en la política como en el empresariado. La toma de decisiones no puede estar cooptada por unas generaciones que viven en un mundo que ya no existe y que, al ser mayoría en el censo, ven sus actos revalidados en las urnas. Insisto en que no es porque sean ignorantes. Es la limitación de la naturaleza humana ante la complejidad de la realidad actual. Le está pasando a los millennials y le pasará a la Generación Z, a la Alfa, a la Beta y a cuantas les sigan.
¿Qué podríamos hacer para incrementar la participación y representación de los jóvenes? No esperéis leer a continuación ninguna idea revolucionaria, sino un acuerdo de mínimos adaptado a la España actual:
Emular la representación paritaria o «listas cremallera»
Empecemos por la más polémica, de la que no soy demasiado partidario, pues creo que este recurso motiva a pensar que uno está ahí por cumplir unos requisitos y no por su valía: que la representación pública alterne entre españoles de diferentes franjas de edad. Sin embargo, se puede y debe proponer porque, a pesar del inconveniente que señalo, saldríamos con algo mejor que la situación actual, puede implementarse con facilidad y porque parece que a la clase política española este recurso le encanta o finge ser así. Podríamos llamarlo «cuotas de edad», en las que cada generación (habría que concretar exactamente los rangos de edad) tenga igual representación.
No todo es parlamentar
No toda la gente de talento sirve para la televisión. Muchos, jóvenes y no tan jóvenes, son extraordinarios en su campo y aun así se resisten a exponerse en público para defender sus ideas. Es más, parece que una de las aptitudes más valoradas entre los políticos españoles es defender una cosa y la contraria, manteniendo en todo momento una cara de cemento armado. No todos están dispuestos a rebajarse así, especialmente aquellos que no quieren hacer de la política una forma de vida. Pretender que el conocimiento se rebaje a la dinámica del plató televisivo para poder contribuir al bien común es una ocurrencia propia de una cultura política que valora el espectáculo por encima del rigor.
Debemos facilitar la participación en política a este segmento de la población del que los jóvenes pueden beneficiarse notablemente. Vivimos en la época dorada de la comunicación y disponemos de un amplio abanico en expansión de recursos por los que podemos transmitir ideas. Debemos estudiar cuáles son los puntos fuertes de cada uno y que cada cual elija el que más se adapte a su estilo y necesidades. Ejemplo de ello sería la difusión de ideas a través de redes sociales en formato de artículos, infografías, podcasts, difusión de ensayos, artículos académicos e incluso debates en directo, bien en radio o redes sociales. Por supuesto, estaría permitido el uso de pseudónimos, recuperando la vieja tradición utilizada por los padres fundadores estadounidenses, entre otros, para así mantener el anonimato y evitar tanto el escarnio público como amenazas laborales, financieras e incluso contra su seguridad. Una idea valiosa lo sigue siendo así la defienda Agamenón o su porquero.
Colaborar no es sinónimo de voluntariado
Vale que no sean cargos públicos, pero eso no significa que el esfuerzo que pongan en este trabajo no se remunere. No es un asunto menor. Mucha gente se anima a participar en política con buena voluntad, pero al chocar con la cruda realidad le surgen las dudas, crece la sensación de estar perdiendo el tiempo, y termina quemándose y dejándolo. Quizás un jubilado no tanto, pues tiene más tiempo libre a su disposición, pero un joven debe trabajar para construir una vida, formarse y mantenerse al día en el trabajo, crear una familia y, por supuesto, dedicar tiempo a uno mismo y descansar. Sustraer de ello tiempo y esfuerzo para dedicarlo a la mejora de su comunidad y su país merece ser retribuido.
Por desgracia, en España no disponemos de una tradición en la que el capital privado financie este tipo de iniciativas. La gran mayoría de la financiación proviene de capital y subvenciones públicas que han desembocado en la «cultura del chiringuito» que, por cuestiones que este artículo no pretende analizar, prácticamente sólo aprovecha la izquierda. Idealmente tendríamos que reeducar a la sociedad española y transformar el sistema político-económico para pasar de un capital público a uno privado en este sentido. Sin embargo, requerirá un tiempo del que no disponemos y un trabajo que quizás no llegue a dar fruto. La salida pragmática que encuentro pasa porque se renuncie a la pureza moral y que el sector liberal reconozca que la deriva actual está abocada al fracaso (y con ella sus ideas), renuncie a sus pretensiones de ahorro y bajada de impuestos en este punto y contribuya, junto con el resto de la oposición frente a la izquierda, a reconducir el caudal de dinero público destinado a los «chiringuitos» izquierdistas para financiar a aquellos jóvenes que desde otras posiciones ideológicas quieran contribuir a la mejora de España. Renunciar a las armas existentes por una cuestión de imagen y el mantenimiento de una supuesta pulcritud moral frente al adversario es la antesala de la derrota.
Los jóvenes deben dar un paso al frente y ser recogidos con los brazos abiertos por nuestros mayores. Siempre la juventud ha sido el garante de la preservación y futuro de los pueblos. Una nación que no les permita sostener el timón está condenada a naufragar. España no puede permitirse no escucharles y excluirles en la toma de decisiones. Hoy el mundo avanza a mayor ritmo que ayer. El tiempo apremia. No podemos permitirnos esperar más.
Este artículo ha sido escrito por Un tal Groening. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.




