Estoy dispuesto a todo para traerles a los lectores de 1812 la última información de actualidad. Incluso —escalofríos— a madrugar. Por eso, el pasado sábado por la mañana me desperté pronto y cogí el ferry, dispuesto a conocer de primera mano la situación en Ceuta.
Imagino que la mayoría de los lectores no habrán estado en Ceuta. Os diría que es algo así como una Gibraltar española —no me linchéis, por favor—, pero claro, tampoco habréis estado en Gibraltar. Lo que quiero decir es que es una ciudad cutre, anacrónica, pero no por ello desprovista de encanto.
Al salir de la modernísima estación marítima de Ceuta uno siente que ha salido a los años noventa. Lo único que rompe esta ilusión son los «cochazos» de los funcionarios A1 que forman la espina dorsal de la población española de la perla del Mediterráneo. Pero salir de la estación marítima y andar hacia la derecha —jamás he sabido manejar muy bien aquello de los puntos cardinales—, en dirección a la playa del Trampolín, es parecido a visitar las partes más soviéticas de las capitales de Europa del este. Naves dilapidadas, la avenida Juan de Borbón, incluso la luz del sol… Todo parece detenido en otra época.
En fin, me dejo de cursiladas y procedo a contar lo que os interesará. Acercarse a la playa es estar permanentemente en tensión. Todavía a un kilómetro de la playa uno empieza a cruzarse con grupos de dos o tres magrebíes andando con paso decidido en todas direcciones y con bolsas de supermercado en mano. No hay sensación de peligro —supongo que la historia sería muy distinta si fuera una chica—, pero sí de ansiedad. Uno se siente fuera de lugar: de alguna manera, el foráneo eres tú, no ellos.
Observarles es curioso. Casi todos son hombres marroquíes «en edad militar» —las pocas niñas y familias están en las escasas instalaciones de acogida provistas para ellos—, pero también hay yemenís, sudaneses, argelinos… Aparentemente también hay subsaharianos, pero estos están en uno de los campamentos montados por el Estado, para evitar reyertas entre ellos y los marroquíes, que los odian. La inmensa mayoría de estos subsaharianos se quedará en España, por cierto. Son todos solicitantes de asilo, y la tasa de aprobación para los que escapan de esos países es bastante alta.
Las diferencias entre los invasores no son sólo cuestión de nacionalidad, sino también de clase. La mayoría, como los que se encuentran en una situación de indigencia total en el Tarajal, son muy pobres. Al no haber espacio suficiente para alojarles, viven en chabolas que han construido con hojas de palmeras y neumáticos de un vertedero cercano. Pero también los hay que van con camisa y chinos, que van al Parque Ceuta —el centro comercial de la ciudad— y pagan con tarjeta, o que incluso se alojan en algún hostal pagado por ellos mismos.
Llegar a la playa del Trampolín es darse cuenta inmediatamente de que el Gobierno miente. Los invasores no son sólo cinco mil: sólo en la playa había por lo menos esa cantidad. Una ONG que reparte comida una vez al día calcula en cinco mil las raciones diarias que sirve allí. Todos los ceutíes afirman que la cifra real es de unas trece mil personas, y aparentemente el ejército hace un recuento diario que lo confirma. Esto en una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes, recordemos.
El epicentro de la actividad en esta playa es una especie de explanada entre el mar y el monte donde hay una superficie semitechada, unos cuartos de baño, unas duchas, y una caravana de una ONG alemana que se dedica a cargarle los móviles a los chavales. Entre carga y carga, las «tías xulísimas» que trabajan para la ONG suben stories lacrimógenas a Instagram posando con ellos. También se dedican a fabricar una especie de cócteles Molotov con aguarrás para que usen contra la Guardia Civil y los militares, pero los invasores han decidido que sirven igual de bien contra extranjeros que contra españoles, y por las urgencias del hospital de Ceuta ya han pasado varios foráneos que han salido mal parados de las reyertas interétnicas.
Estar en la playa del Trampolín no estuvo exento de sus momentos cómicos, como descubrir la peluquería en primera línea de playa que habían montado, pero cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que, si hubieran querido, me hubieran podido hacer trizas en un segundo. A los militares también se les notaba nerviosos. Mientras estaba en la playa, llegaron, sustrajeron a un chaval, le pusieron de espaldas contra un contenedor y le interrogaron intensamente, con forcejeo físico incluido. Entretanto, el intérprete y un soldado discutían a gritos con el «consejo de sabios» de los foráneos. Quizá he visto demasiado cine bélico, pero a mí me dio la sensación de que en cualquier momento aquello podía ponerse feo.
Observando esta escena estaba también un periodista. Como no me apetecía volver al centro de Ceuta por donde había venido, bajo un sol de agosto aplastante, le pedí el favor de que me acercara en su coche, a lo que accedió amablemente. De hecho, no sólo me llevó al centro sino que me hizo un tour por todos los emplazamientos de los invasores en la ciudad. Mientras conducía, el tipo —periodista de infoLibre— me contaba que no había ningún peligro en la ciudad, y que si los ceutíes no acudían a las playas y los bares, era por un miedo infundado, fruto de la propaganda «fascista y xenófoba». Sin embargo, cuando nos apeamos en las naves del Tarajal para ver aquello, no dejó la mochila en el coche, «para evitar tentaciones».
En su defensa, he de decir que en el tiempo que estuve en Ceuta no vi el más mínimo indicio de violencia. Es probable que esta impresión sea engañosa: estuve apenas unas pocas horas, de día. Imagino que la noche será una situación muy distinta, cuando los foráneos que se han escondido en los montes bajan a la ciudad y es más fácil escapar de las fuerzas del orden. A ello se junta que a los invasores se les notaba muy achantados a cuenta del reciente asalto a su campamento playero. En cuanto se sientan seguros otra vez, no tardarán en repetirse los altercados.
La derecha, con razón, se ha referido a esta crisis como una invasión, como una violación de nuestras fronteras, y lo es. Es importante seguir refiriéndose a ella en esos términos no sólo para hacer tambalear al Gobierno de Sánchez, sino también como justificación de la expulsión de los que han entrado. Pero la derecha ha de saber también que este discurso político es una solución temporal, y que si Ceuta ha de seguir siendo española, tenemos que hacernos preguntas más fundamentales como sociedad.
Incluso antes de la invasión, los españoles —los españoles étnicos, no los que tienen un pasaporte español— no eran mayoría. La única diferencia visible entre los extranjeros que violentaron nuestra frontera hace unas semanas y los que ya viven dentro es la vestimenta. Muchos de los inmigrantes legales que residen actualmente en Ceuta fueron en algún momento ilegales; quizá incluso llegaron en patera, o saltando la valla. La inmensa mayoría de la comida que reciben los inmigrantes la reparten ONG musulmanas, como Luna Blanca, apoyadas por la población local. En el Príncipe Alfonso —el barrio que rodea Sidi Embarek, la principal mezquita de la ciudad—, algunos vecinos incluso han alojado a los recién llegados en sus casas.
El dueño de la hamburguesería Nebil —marroquí de origen, español de pasaporte y, por lo que me dio a entender, de sentimiento— se muestra mucho menos comprensivo con ellos. «Desde hace décadas se vive esto en Ceuta», me dijo. «Esto es distinto no sólo por los números, sino porque en vez de estarse quietos y, si Dios quiere, conseguir la residencia, están molestando a los ceutíes».
El matiz de la residencia no es baladí. El hombre me dejó claro que él estaba muy a favor de la inmigración: «El ochenta por ciento de mi plantilla es inmigrante», me contaba. No era muy difícil imaginarlo: en las pausas de nuestra conversación, emitía órdenes a sus empleados en un árabe perfecto.
Con todo, lo más llamativo que me contó el buen hombre fue un intercambio de piropos que tuvo con uno de los invasores: «Le negué cargar el móvil en mi restaurante a un marroquí y se fue insultándome y diciéndome: “Por más móvil que no quieras cargar tú no dejas de ser marroquí tampoco”».
Hasta que la derecha institucional no se plantee seriamente qué significa ser español y no desarrolle un entendimiento de ello tan intuitivo como aquel magrebí, seguirá sin tener justificación para oponerse a la inmigración masiva más allá de que satura los servicios públicos, tensiona el mercado de la vivienda y genera inseguridad.
Estos argumentos son suficientes para España en su totalidad, y probablemente todavía sea arriesgado políticamente introducir la cuestión étnica en un debate sobre qué significa ser español, pero significan que la frase «Ceuta es española y ha de seguir siéndolo» esconde un fatal peligro. Por mucho que una minoría de los inmigrantes en Ceuta se sienta española, si para la derecha es igual de española una Ceuta de españoles que una Ceuta de magrebíes con pasaporte español, le estamos haciendo el juego a Mohamed VI. Marruecos cuenta con evitar un enfrentamiento directo sobre Ceuta y Melilla; sus planes se miden en décadas. En este caso, su plan es presentar a España con un fait accompli: una población que, aunque nominalmente española, se sienta marroquí, y haga imposible una defensa militar de la ciudad ante un ataque. A este frente demográfico se suma otro: invasiones como esta buscan convencer a la mayoría social española de que sostener Ceuta y Melilla no merece la pena, para que acabemos claudicando como los franceses en Argelia. Hasta que la derecha no se cerciore de esto y actúe en consecuencia, la pérdida de Ceuta y Melilla será cuestión de tiempo.
Este artículo ha sido escrito por food guy. Si tienes una propuesta de artículo, envíanosla a redaccion@revista1812.com.
Si te gusta lo que hacemos, considera suscribirte.





La solución es clara, si un marroquí con pasaporte español tiene doble nacionalidad ( Mohamed el Ass VI no lo permite) lo que hay que hacer es echarlos para 🇲🇦 a todos. Y hacer de Ceuta y Melilla plazas militares sin civiles. Y a tomar por culo todos los inmigrantes.
El turismo low cost a venido para quedarse, a costa de todos los españoles, sin pagar un duro.